Obsolescencia

El reloj es uno de los primeros elementos tecnológicos que entraron en nuestras vidas. De los de cuerda se pasó a los automáticos y, después, llegaron los de pilas. En el reloj se fueron instalando otras funcionalidades: calculadora, juegos, agenda… En muchas casas se guardan como oro en paño relojes que utilizaron los abuelos, pero no siempre se han recogido los que incorporaron el caucho. Con ellos llegó el “usar y tirar”: relojes baratos que no pasaron a la historia familiar como los de cuerda. Sin embargo, esos relojes de menor precio forman parte de los primeros recuerdos tecnológicos. Seguro que no se ha olvidado del que aparece en la foto. Me refiero al reloj Casio F-91 W, tal vez el más popular de los relojes, que todavía hoy se puede comprar por poco más de 9 euros. Salió al mercado en 1991 y fue uno de los regalos más habituales para los que hacían la primera Comunión en el principio de la última década del siglo XX.
Vuelven los Casio. Me dicen que los ha puesto de moda Sara Carbonero. Ahora se pueden comprar en plata, oro y distintos colores. Los Casio Vintage salen más caros. El auténtico, en negro, es barato y se puede considerar como una joya de la tecnología. Lleva luz, cronómetro, alarma, señal horaria, resiste al agua (pequeñas salpicaduras o inmersiones poco profundas) y tiene una buena precisión porque se retrasa como mucho 30 segundos al mes. Pero lo mejor es que no consume casi nada. Una batería puede llegar a durar, según explican en la Wikipedia, siete años. Y, además, sólo pesa 21 gramos. Toca rebuscar en los cajones y conseguir una pila nueva para el Casio F-91W. Después de ponerlo en hora, recuerde que presionando el botón derecho durante más de treinta segundos aparece en la pantalla la palabra “Casio”.
Abrumado por la fiebre de obsolescencia que ayuda a financiar el sector tecnológico, el veterano Casio, con más de 19 años en el mercado, reconforta y ayuda a creer que el sentido común puede imponerse a las modas generadas por la mercadotecnia. Muchos fabricantes realizan un lanzamiento anual de un producto que apenas mejora desde el punto de vista tecnológico. Algunas veces, las mejoras no son ni siquiera necesarias para el usuario. La guerra de los píxeles de las cámaras fotográficas es uno de los mejores ejemplos. La mayoría de los que empleamos una cámara digital no necesitamos imágenes con un tamaño superior al que puede proporcionar una cámara de ocho o diez megapíxeles. La tecnología superflua encarece el producto. Si le sumamos la necesidad de estar a la última, la inversión en cualquier aparato resulta difícil de justificar. Salvo que sea un capricho, claro
Publicado el día 10 de octubre de 2010 en Diario del AltoAragón